Ya he comentado alguna vez que me parece que nos usurpan las palabras, para devolvérnoslas luego desposeídas de la parte de ellas que nos pertenece y legitima como seres humanos; desposeídas de su andadura, que es la nuestra. Es como si en las últimas décadas se hubiera ido poniendo coto al uso de algunos términos, permitiéndonos manejar sólo una parte de su resonancia completa. Por ejemplo, la palabra “democracia” ha limitado su significado a: “eso que se hace cada cuatro años con una papeleta y una urna”. Son significantes desposeídos de su historia y de su propia construcción.

En el anterior artículo hablé de Psicoanálisis, para resaltar el hecho de que este pensamiento o teoría ha devuelto el protagonismo y la responsabilidad a los sujetos como ningún otro, y ninguna otra terapia.

Me han hecho comentarios al respecto de la “reponsabilidad”, y quiero precisar lo siguiente. Con esta palabra ocurrió un día algo similar a lo de “democracia”: su verdadero significado y su resonancia se perdieron, y surgieron otros, vinculados a algo muy cercano a la culpabilidad; nada más lejos de lo que yo quería trasmitir, ni de lo que supuso el advenimiento del  Psicoanálisis. Responsabilidad viene del latín “responsum” y “respondere” que hace referencia a la “capacidad de responder” y también a “prometer, merecer, pagar”.  Está relacionado con “spondere”, “asumir”. Esta es, dicho brevemente, la etimología de la palabra.

En el curso del tiempo se ha identificado el “ser responsable” con hacer las cosas según un modelo determinado, algo así como el de “como Dios manda”. Cuando alguien hace o dice algo no bien visto se le llama “irresponsable”. Porque no hace las cosas “como Dios manda”.

Pues yo digo exactamente lo contrario. La responsabilidad pasa necesariamente por el protagonismo, por la decisión de uno, por hacer las cosas como uno cree, puede, sabe o manda, no como lo dicta un ente tan abstracto como Dios. Y asume las consecuencias que se derivan de sus actos, aunque sean errados, titubeantes… indecisos. Y no me refiero a los fatales desenlaces de aquella sentencia culpógena: “si no haces las cosas como Dios manda, ¡atente a las consecuencias!”. Uno se atiene, que para eso actúa, ¡hasta ahí podíamos llegar! El protagonismo y la responsabilidad son los caminos del sujeto autónomo y autogestionado, que es el mejor candidato a ser solidario y, sobre todo, libre. Queda dicho y firmado por mí, sin eludir una sola consecuencia.