El descubrimiento de los anticonceptivos orales -la famosa píldora- trajo unas importantes consecuencias, sobre todo en la sociedad occidental. El modelo tradicional de familia nuclear se modificó notablemente, por las posibilidades que abrió el hecho de que la mujer interviniera con mayor protagonismo en sus embarazos a partir de este descubrimiento. Por otra parte, el hallazgo permitió que sexualidad y procreación, dos campos unidos desde siempre por la tradición religiosa, la moral sexual y la ignorancia, quedaran desanudados, desvinculados claramente, y se entendiera de manera más contundente que la sexualidad pertenece no sólo a los que tienen la posibilidad  reproductora, sino a todos los seres humanos, sea cual sea su edad y su fertilidad: niños, ancianos, estériles

Hasta ese momento, un hecho tan relevante, tan desconcertante y mágico como la maternidad era la amenaza con la que, desde esa estrecha moral, se atemorizaba a la mujer para cancelar o limitar todas sus posibilidades sexuales. Maternidad y sexualidad sólo eran tolerables si la primera era el destino final de la otra, y exclusivamente dentro del ámbito de la legalidad familiar. Fuera de él, la maternidad era la terrible consecuencia del sexo, su estigma vergonzante. La llegada de la píldora permitió la posibilidad de acabar con el miedo y la vergüenza, desarticulando en parte tales prejuicios y habilitando modos de vivir la sexualidad más libremente.

El pasado lunes día 11 escuchaba yo, en una entrevista a la nueva Ministra de Sanidad, Dña. Trinidad Jiménez, anunciar que próximamente la llamada “pastilla del día después” se venderá en todas las farmacias, sin necesidad de receta ni de ser mayor de edad. Tal medida respondía, según sus propias palabras, a la intención de acabar con los embarazos no deseados, con los “embarazos no programados”.

Mas allá de la consideración que me puedan merecer tales medidas, y para la que también cuento con la confianza en que los responsables de implantarlas se hayan apoyado en los criterios de expertos en salud que garanticen lo inofensivo de su práctica, sí que hay algunas cuestiones que hay que, por lo menos, aclarar y replantearse.

Pastilla del día “después”. ¿Después de qué? ¿Qué omitimos en ese pacto de comprensión? ¿Después de una agradable jornada sexual? ¿Después de un garrafal error? ¿Después de una invasora culpabilidad? ¿Después de un acto fallido?… ¿Después de qué?

La sexualidad compromete el deseo necesario para tal práctica, lo cual no significa en modo alguno que ese deseo sea manifiesto, claro, consciente, voluntario. Equiparar en significación lo de “embarazo no programado” con “embarazo no deseado” no sólo es un lamentable error, es además sembrar la confusión más absoluta. Para que un embarazo se produzca tiene que haber deseo. Si Dña. Trinidad o las Autoridades Sanitarias creen que deseo es sinónimo de anhelo, de ganas de… están estrepitosamente despistados, y desconocen la importancia de los descubrimientos de Sigmund Freud. Pasa exactamente igual cuando se habla de “hijos no deseados”. Los hijos no deseados no se tienen, porque un hijo siempre, absolutamente siempre es hijo de un deseo que en algún momento recorrió el ser de sus progenitores, y que además contó con el arrojo, la firmeza y, de nuevo, el deseo de una madre. Sin esto, no se nace, no se vive. Jamás un hijo es la representación de la vergüenza. Es la representación del orgullo, de la historia más hermosa jamás contada. No hablo de la mística convencional de la maternidad, hablo simplemente de la realidad de la maternidad.

Para un embarazo es necesario un deseo… inconsciente. Llevar a término ese embarazo o no, eso ya es otra cosa, y para eso no me parece mal, como método contraceptivo, la pastilla “del día después”. Después de… un ratito de reflexión, de valoración y de protagonismo individual y, fundamentalmente, femenino.