Sab 27 Jun 2009
LAS VIEJAS CONSIGNAS
Publicado por jlmellado en Artículos de prensa
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No tengo muy claro si las peores consecuencias de esta crisis, generada por los perversos magos de las finanzas internacionales, son las económicas. Sé que puede resultar obsceno un cuestionamiento así para quien no tiene trabajo ni techo, pero más obsceno me resultaría no enunciar lo que a mí me parece verdaderamente dramático y peligroso. Me refiero al miedo. Ese miedo que abre el camino de las servidumbres más férreas.
Los poderosos sin escrúpulos, que, repito, nos han precipitado en el colapso financiero, ahora nos dicen que tocan tiempos de escasez, de agarrarnos a lo que sea. En este escenario de pánico, de amenazas y de –según ellos- tremenda trascendencia, se nos invita a ofrecer la yugular para que puedan proceder a la extracción de nuestra sangre toda, salvo la necesaria para seguir siendo esclavos. Suponen que los desheredados aceptarán cualquier oferta para llevar el pan a sus hijos, incluida, cómo no, la de la pérdida de la dignidad y de la capacidad de revelarse y decir no. La crisis abre la puerta a la esclavitud y, peor aún, a de la insolidaridad y la desconfianza. Porque cuando ellos, con sus graneros repletos, nos dicen que sólo hay pan para unos pocos, a los demás nos da por matarnos por conseguir unas migajas y aniquilar a cualquier hermano que se acerque, con las excusas abominables que siempre utilizó la xenofobia: “¡que se vayan a su tierra, que nos quitan el trabajo y el pan!” Ellos no nos quitan nada. Ellos sólo tienen otro color de piel, y otras palabras para nombrar a la misma hambre y al mismo miedo. Los que nos arrebatan el pan y la sal son otros, y son los de siempre.
Hay consignas que no se pueden ni deben olvidar, viejas, eternas consignas. Y menos aún cuando el miedo acecha. Precisamente ante el pánico y lo desconocido se pone especialmente de manifiesto que somos los únicos dueños de nosotros mismos. Y responsables de no parecer un pelo más tontos de lo que cada uno somos, ni tan olvidadizos como algunos pretenden. El poder siempre ha necesitado encizañarnos a unos contra otros para tenernos ciegos y cabizbajos, entretenidos en lo lesivo de los prejuicios. Pero cuando un hombre o una mujer tiene deseo de su propia vida y decide levantar la mirada y buscar semejantes en deseo y en protagonismo, los prejuicios comienzan a desdibujarse y cobran sentido algunas de las viejas consignas, dormidas en el arcón de algún sindicato colaboracionista del gran poder, como “en pie, los esclavos del mundo”





