No tengo muy claro si las peores consecuencias de esta crisis, generada por los perversos magos de las finanzas internacionales, son las económicas. Sé que puede resultar obsceno un cuestionamiento así para quien no tiene trabajo ni techo, pero más obsceno me resultaría no enunciar lo que a mí me parece verdaderamente dramático y peligroso. Me refiero al miedo. Ese miedo que abre el camino de las servidumbres más férreas.

Los poderosos sin escrúpulos, que, repito, nos han precipitado en el colapso financiero, ahora nos dicen que tocan tiempos de escasez, de agarrarnos a lo que sea. En este escenario de pánico, de amenazas y de –según ellos- tremenda trascendencia, se nos invita a ofrecer la yugular para que puedan proceder a la extracción de nuestra sangre toda, salvo la necesaria para seguir siendo esclavos. Suponen que los desheredados aceptarán cualquier oferta para llevar el pan a sus hijos, incluida, cómo no, la de la pérdida de la dignidad y de la capacidad de revelarse y decir no. La crisis abre la puerta a la esclavitud y, peor aún, a de la insolidaridad y la desconfianza. Porque cuando ellos, con sus graneros repletos, nos dicen que sólo hay pan para unos pocos, a los demás nos da por matarnos por conseguir unas migajas y aniquilar a cualquier hermano que se acerque, con las excusas abominables que siempre utilizó la xenofobia: “¡que se vayan a su tierra, que nos quitan el trabajo y el pan!” Ellos no nos quitan nada. Ellos sólo tienen otro color de piel, y otras palabras para nombrar a la misma hambre y al mismo miedo. Los que nos arrebatan el pan y la sal son otros, y son los de siempre.

Hay consignas que no se pueden ni deben olvidar, viejas, eternas consignas. Y menos aún cuando el miedo acecha. Precisamente ante el pánico y lo desconocido se pone especialmente de manifiesto que somos los únicos dueños de nosotros mismos. Y responsables de no parecer un pelo más tontos de lo que cada uno somos, ni tan olvidadizos como algunos pretenden. El poder siempre ha necesitado encizañarnos a unos contra otros para tenernos ciegos y cabizbajos, entretenidos en lo lesivo de los prejuicios. Pero cuando un hombre o una mujer tiene deseo de su propia vida y decide levantar la mirada y buscar semejantes en deseo y en protagonismo, los prejuicios comienzan a desdibujarse y cobran sentido algunas de las viejas consignas, dormidas en el arcón de algún sindicato colaboracionista del gran poder, como “en pie, los esclavos del mundo”

Ya he comentado alguna vez que me parece que nos usurpan las palabras, para devolvérnoslas luego desposeídas de la parte de ellas que nos pertenece y legitima como seres humanos; desposeídas de su andadura, que es la nuestra. Es como si en las últimas décadas se hubiera ido poniendo coto al uso de algunos términos, permitiéndonos manejar sólo una parte de su resonancia completa. Por ejemplo, la palabra “democracia” ha limitado su significado a: “eso que se hace cada cuatro años con una papeleta y una urna”. Son significantes desposeídos de su historia y de su propia construcción.

En el anterior artículo hablé de Psicoanálisis, para resaltar el hecho de que este pensamiento o teoría ha devuelto el protagonismo y la responsabilidad a los sujetos como ningún otro, y ninguna otra terapia.

Me han hecho comentarios al respecto de la “reponsabilidad”, y quiero precisar lo siguiente. Con esta palabra ocurrió un día algo similar a lo de “democracia”: su verdadero significado y su resonancia se perdieron, y surgieron otros, vinculados a algo muy cercano a la culpabilidad; nada más lejos de lo que yo quería trasmitir, ni de lo que supuso el advenimiento del  Psicoanálisis. Responsabilidad viene del latín “responsum” y “respondere” que hace referencia a la “capacidad de responder” y también a “prometer, merecer, pagar”.  Está relacionado con “spondere”, “asumir”. Esta es, dicho brevemente, la etimología de la palabra.

En el curso del tiempo se ha identificado el “ser responsable” con hacer las cosas según un modelo determinado, algo así como el de “como Dios manda”. Cuando alguien hace o dice algo no bien visto se le llama “irresponsable”. Porque no hace las cosas “como Dios manda”.

Pues yo digo exactamente lo contrario. La responsabilidad pasa necesariamente por el protagonismo, por la decisión de uno, por hacer las cosas como uno cree, puede, sabe o manda, no como lo dicta un ente tan abstracto como Dios. Y asume las consecuencias que se derivan de sus actos, aunque sean errados, titubeantes… indecisos. Y no me refiero a los fatales desenlaces de aquella sentencia culpógena: “si no haces las cosas como Dios manda, ¡atente a las consecuencias!”. Uno se atiene, que para eso actúa, ¡hasta ahí podíamos llegar! El protagonismo y la responsabilidad son los caminos del sujeto autónomo y autogestionado, que es el mejor candidato a ser solidario y, sobre todo, libre. Queda dicho y firmado por mí, sin eludir una sola consecuencia.

Como entre otras cosas, soy psicoanalista, hoy les  hablo directamente de ese suceso que, sin duda, cambió absolutamente la concepción del ser humano como fue el advenimiento del Psicoanálisis. Hubo en los dos siglos pasados tres teorías de relevancia incalculable: la económica y social de Marx, la de la Relatividad, de Einstein y la del Inconsciente, de Freud. Esta última trajo la concepción de un nuevo sujeto, sexuado en todos los tramos de su existencia, y protagonista absoluto y definitivo de ella.

El pasado viernes día 22 se presentó en Valladolid la revista virtual “Psicoanálisis en el Sur”. Se contó con la intervención de tres psicoanalistas, entre los cuales yo me encontraba. En el curso del debate posterior se formularon algunas preguntas, de las que quiero resaltar dos: “¿Es adecuado el Psicoanálisis para tratar cualquier diagnóstico?”, “¿Con qué armas cuenta el Psicoanálisis para tratar un trastorno bipolar o un trastorno obsesivo compulsivo?” Mi respuesta fue y es simple: el Psicoanálisis es adecuado para  todo aquel que tenga un deseo y una demanda, y que llame a la puerta de un psicoanalista para ser escuchado. Y no trata diagnósticos, ni cuadros patológicos. Sólo trata a una persona con nombre y apellidos, con circunstancias particulares y con una biografía individual, y le permite hacerse cargo de la historia total de su vida, no sólo como portador de síntomas. El psicoanálisis partió de una sospecha acerca del pensamiento científico-médico de la época, y contó con la radicalidad que supuso el sostenimiento de ésta : « ¿Y si no fuera eso? ¿Y si no todo consistiera en recibir pasivamente un tratamiento? ¿Y si el afligido, el desconcertado pudiera aportar su sabiduría como principal agente de su curación, guiado por su deseo, que no por demandas ajenas? »

El Psicoanálisis no es convencional. Es la ciencia de lo individual, en la que lo importante no son los síntomas, sino el cómo y por qué se han generado; tampoco lo son los sucesos vividos, sino cómo se ha participado en ellos. La posición del Psicoanálisis es clara : devolver a las personas el protagonismo y responsabilidad desde sus posibilidades, su deseo de hablar y ser escuchados, en medio de una sociedad que no escucha, pues tiene prisa por  llegar a ninguna parte, por pagar y tener, tener para seguir pagando. Pero la deuda del saberse sometido sólo se paga con la vida o la felicidad. Yesto es lo que yo digo.

El descubrimiento de los anticonceptivos orales -la famosa píldora- trajo unas importantes consecuencias, sobre todo en la sociedad occidental. El modelo tradicional de familia nuclear se modificó notablemente, por las posibilidades que abrió el hecho de que la mujer interviniera con mayor protagonismo en sus embarazos a partir de este descubrimiento. Por otra parte, el hallazgo permitió que sexualidad y procreación, dos campos unidos desde siempre por la tradición religiosa, la moral sexual y la ignorancia, quedaran desanudados, desvinculados claramente, y se entendiera de manera más contundente que la sexualidad pertenece no sólo a los que tienen la posibilidad  reproductora, sino a todos los seres humanos, sea cual sea su edad y su fertilidad: niños, ancianos, estériles

Hasta ese momento, un hecho tan relevante, tan desconcertante y mágico como la maternidad era la amenaza con la que, desde esa estrecha moral, se atemorizaba a la mujer para cancelar o limitar todas sus posibilidades sexuales. Maternidad y sexualidad sólo eran tolerables si la primera era el destino final de la otra, y exclusivamente dentro del ámbito de la legalidad familiar. Fuera de él, la maternidad era la terrible consecuencia del sexo, su estigma vergonzante. La llegada de la píldora permitió la posibilidad de acabar con el miedo y la vergüenza, desarticulando en parte tales prejuicios y habilitando modos de vivir la sexualidad más libremente.

El pasado lunes día 11 escuchaba yo, en una entrevista a la nueva Ministra de Sanidad, Dña. Trinidad Jiménez, anunciar que próximamente la llamada “pastilla del día después” se venderá en todas las farmacias, sin necesidad de receta ni de ser mayor de edad. Tal medida respondía, según sus propias palabras, a la intención de acabar con los embarazos no deseados, con los “embarazos no programados”.

Mas allá de la consideración que me puedan merecer tales medidas, y para la que también cuento con la confianza en que los responsables de implantarlas se hayan apoyado en los criterios de expertos en salud que garanticen lo inofensivo de su práctica, sí que hay algunas cuestiones que hay que, por lo menos, aclarar y replantearse.

Pastilla del día “después”. ¿Después de qué? ¿Qué omitimos en ese pacto de comprensión? ¿Después de una agradable jornada sexual? ¿Después de un garrafal error? ¿Después de una invasora culpabilidad? ¿Después de un acto fallido?… ¿Después de qué?

La sexualidad compromete el deseo necesario para tal práctica, lo cual no significa en modo alguno que ese deseo sea manifiesto, claro, consciente, voluntario. Equiparar en significación lo de “embarazo no programado” con “embarazo no deseado” no sólo es un lamentable error, es además sembrar la confusión más absoluta. Para que un embarazo se produzca tiene que haber deseo. Si Dña. Trinidad o las Autoridades Sanitarias creen que deseo es sinónimo de anhelo, de ganas de… están estrepitosamente despistados, y desconocen la importancia de los descubrimientos de Sigmund Freud. Pasa exactamente igual cuando se habla de “hijos no deseados”. Los hijos no deseados no se tienen, porque un hijo siempre, absolutamente siempre es hijo de un deseo que en algún momento recorrió el ser de sus progenitores, y que además contó con el arrojo, la firmeza y, de nuevo, el deseo de una madre. Sin esto, no se nace, no se vive. Jamás un hijo es la representación de la vergüenza. Es la representación del orgullo, de la historia más hermosa jamás contada. No hablo de la mística convencional de la maternidad, hablo simplemente de la realidad de la maternidad.

Para un embarazo es necesario un deseo… inconsciente. Llevar a término ese embarazo o no, eso ya es otra cosa, y para eso no me parece mal, como método contraceptivo, la pastilla “del día después”. Después de… un ratito de reflexión, de valoración y de protagonismo individual y, fundamentalmente, femenino.

El patrimonio, más allá de que el lenguaje común lo defina como el conjunto de bienes y obligaciones que una persona o ente posee o adquiere, tiene que ver básicamente con aquello que queda, que permanece, que va siendo presente como goce. Se refiere, pues, no tanto a la propiedad como al disfrute que de ella se va haciendo, de generación en generación. Al hablar de que algo es patrimonio de la humanidad nos referimos a que ese algo está destinado al goce de todos los seres humanos. Resulta obvio que no podemos poseer la Amazonía. Pero sí podemos beneficiarnos de ella, aunque no la hayamos visto jamás, porque respiramos el aire que ella purifica, y nos mojamos con las lluvias que provoca. Son fuentes de disfrute que a todos nos atañen.

El patrimonio artístico de una nación o de una aldea es un bien que a todos nos importa, no solo por el disfrute que nos procura, sino también porque es testimonio y constatación de que los individuos estamos ligados por muchas cosas comunes, por una historia, un presente y seguramente unas expectativas de futuro. Valga como ejemplo el mismo “Puentecillas”. Ahí está desde hace unos dos mil años, contemplando el devenir de los tiempos, desde que los romanos comunicaron con él las dos márgenes del río Nubis y lo dejaron ahí, para que todos los que en la ciudad vivían pudieran pasar de orilla a orilla. Hasta aquí, de Perogrullo. Ahora, ¿qué ocurre cuando se delega en una institución el cuidado de tal o cual patrimonio? A menudo aparece un conjunto de listos oficiales que presumen superar en interés a aquellos ciudadanos que lo utilizan para comunicarse. Y les dicen que ellos ya no pintan nada en la tarea de cuidarlo, ni en la de decidir cómo se conserva o cómo se disfruta. Luego viene la inevitable y desinteresada entrada en escena de los mercaderes, de los que tienen algo que ganar con el asunto de los que cruzan el río. El siguiente paso es, lógicamente, el pacto entre el mercader y la institución de turno, que es quien pone la imagen de “esto es por el bien de todos, bien del cual nada entendéis”, para blanquear con ella los intereses del poderoso, a cambio quién sabe de qué. Y por fin, juntitos y en armonía, deciden llevar a cabo cualquier tipo tropelía, a expensas de los que cada día atraviesan el puente.

Antigua sede del Banco de España, en la calle de la Cestilla: entre los Cuatro Cantones y la Iglesia Virgen de la Compañía. Yo no sé cuánto de valor patrimonial o artístico tiene este edificio según la comisión de listillos de la institución que de él se encarga, pero sí sé que me parece una construcción digna y muy bien adecuada a su entorno. Y además tiene una historia: en ese mismo lugar, antes existió una cárcel, en la que se hacía llegar, en “cestillas” atadas con cuerdas, la comida que les llevaban a los presos sus familiares, hecho que dio origen al nombre de la calle. Tampoco sé muy bien lo que quieren hacer alli. Creo que va a ser la sede de los nuevos juzgados. Sé que cuando paso y veo lo que van haciendo, me gusta más bien nada: han destrozado el frontal de la puerta de entrada y los vierte aguas de las ventanas. Lo han llenado todo de rastreles de aluminio, y no entiendo con qué finalidad… No sé. No puedo evitar imaginar a la puñetera Comisión de Patrimonio, con todos sus listos oficiales y seguramente con intereses que ya ni me molesto en recrear. Van a volver a hacer lo que se les pase por la entrepierna, sin mirar para atrás, que es de cobardes, y sin prestar el menor oído a lo que los ciudadanos piensan de lo que se hace con lo que les pertenece como disfrute. ¿Y nosotros? ¿Qué podemos hacer ? A mí, de momento, se me ocurre compartirles mi disgusto indignado y mi queja, y pedir que lo paren, decir NO. Que la comisión de listillos me la trae al pairo. Les invito a acercarse a visitarlo, -porque algo mío también es-, y a ponerse al día, si aún no lo han hecho, de la torpeza (por definir el hecho con mucha benevolencia) y el destrozo que se está cometiendo con este edificio, que era y es de todos. Y les invito también a sopesar, después, si quieren consentir que se vapulee así uno de los “mandados” que nuestra historia nos deja, o ponerle esta vez – y que, por favor, sí que sirva de precedente - coto al vandalismo oficial.

Lo que les voy a contar se me ocurría después de una Semana tan pía, en la que un día presencié, ¡¡¡les juro que por accidente!!!, una procesión. En el cortejo, acompañando al Sacro Paso, además de los encapirotados cofrades, marchaban diligentes unas damas con peineta y mantilla, símbolo de la devoción y la virtud femenina e hispana.

Fe, Esperanza y Caridad. Son nombres de mujer, y también las llamadas virtudes teologales, muy consideradas en un medio social como este, que proviene de una cultura judeocristiana. Yo, francamente, nunca he entendido bien el porqué de tanta valoración de ninguna de las tres, salvo por el hecho de que comparten nombre con unas conocidas de un tío mío, bastante majas. La Fe, para empezar, es el mejor instrumento para detener, cuando no atrofiar la parte más vital del pensamiento propio. Esta sólo puede vivir insertada en la duda, en la sospecha que suscita esa pregunta siempre tan necesaria para la verdadera evolución personal: “¿Y si no fuera eso?”.  La Fe aparece por todas partes ofreciéndonos cancelar la feliz inquietud, tentándonos a dejar que nos meen la pólvora. Y luego, La Esperanza. Es una suerte de parálisis, de stand-by, de eterna e impotente confianza; un disolvente que desconecta  en nosotros el cable que une la acción con la trascendencia, la reflexión con el hallazgo, el trazado de nuestros pasos con el camino resultado y la marcha de nuestras vidas.  La esperanza desdibuja nuestro protagonismo, y también la responsabilidad que tenemos en las consecuencias de nuestras grandes y  pequeñas caricias, así como en las atrocidades que, de uno en uno, de día en día, vamos cometiendo. Renunciamos a la soberanía y a esa capacidad nuestra de acertar o incluso equivocarnos, esperando que el tiempo todo lo arregle,  que alguien o algo solucione o redima la injusticia. Algo como el paraíso compensatorio, la justicia divina, el infierno de los malos malísimos…Casi como si una lotería cósmica fuera a venir a otorgarnos, por ejemplo, una restauración de la capa de ozono.

Y, cómo no, la Caridad. Hace poco me contaba una mujer, muy sorprendida, el caso de una pareja de “mileuristas”, que ha decidido compartir su pequeño piso y sus sueldos, considerando y calculando que pueden hacerlo, con cuatro inmigrantes. No es un alquiler, ni un negocio. Viven con ellos y comparten lo que tienen, así como aquellos también aportan, -cuando consiguen algún trabajo-, la cesta de la compra o el alquiler de una película.“La mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho donde yago”, que diría D. Antonio. La convivencia entre ellos es buena, y a ratos, regular, como pasa en todas las casas. Pues resulta que la pareja ya ha sido denunciada y condenada por este hecho solidario. Ellos, naturalmente, sostienen que con su dinero y su hacienda hacen lo que mejor les parece, y que van a seguir haciéndolo. Es irónico que si estos mismos chicos hubieran donado su dinero en “caritativo óbolo” a las Sacrosantas Hermanas Adoratrices, al Partido Ultracomunista del Copón o a la Hermandad de Donantes de Órganos en Aceptable Estado, todo hubiera quedado la mar de chulo, y nada más. La caridad entra en un sistema, ajeno, a veces, al deseo de uno, y al que pertenecen todas estas hermandades, cada una con sus peculiaridades, con sus cuotas de pleitesía y tributo, y en el que todo está bien. En cambio, la solidaridad a pelo, de tú a tú y sin pasar por caja suscita recelo, y hasta a veces, como en este caso, un imponente multón.  La caridad es esa señora bonita y buena que trabaja para los poderes sociales, políticos y religiosos –que a veces vienen a ser lo mismo- instalando, legitimando, perpetuando y engalanando la injusticia y la desigualdad. Obviamente, la Caridad no podría vivir sin ellas. A veces pienso cómo sería si consiguiéramos, ay, dejarla sin trabajo y sin razón de ser. Después de una temporadita en el paro, por bruja, (por cierto, no habría paro) igual se hacía con un huerto para cultivar, yo qué sé, hierbas aromáticas. Lo digo por darle una salida. Si la quiere, tampoco te creas que yo…

Rica cena familiar el último sábado. Yo, invitado ajeno al clan, observaba. Aniversario, risas, cantos… Y bailes divertidos, y, ¿por qué no?, voluptuosos.  Estaban todos. Y, por supuesto, todas. Los abuelos, los niños que jugaban entre las piernas de los comensales, tíos y sobrinos. También cuñados, muchos cuñados. Si les hubiera visto alguien sensato hubiera pensado: “¿Qué harán estos niños levantados a las doce de la noche?” Disfrutaban. Sencillamente, disfrutaban y aprendían de una familia en la que es habitual que la abuela o la cuñada tome el relevo del abrazo, y al grito de “¡vente con la abuela!”, o “¡ven con tu tía!” les enseñen y les transmitan que los lugares de cobijo afectivo no son tan limitados, y que cuentan con una grey.

Hoy de nuevo quiero hablar de las nobles damas. De las damas con mayúsculas. No me estoy refiriendo a las colipoterras de hombros engalanados con visones y astracanes que van a los hospitales de beneficencia a hacer sonar su pedrerío; estas rabizas limitaron su existencia a ser las mujeres de un poderoso y a colaborar con un sistema depredador y una educación para el vasallaje. Me refiero a otras nobles damas. A ésas que, con su deseo y su tesón hicieron y hacen posible un mundo donde protegerse de tanto atropello. Nobles damas que, en su condición de eternas pluriempleadas, atienden y educan a sus hijos, cuidan de sus padres y faenan en los más variados tajos:  dirigiendo una empresa, cobrando en la caja de una gran superficie, curando heridas en un hospital, conduciendo un camión, poniendo copas hasta las tantas… aguantando como pueden un grado de exigencia social y unos valores machistas que, además les imponen el hacerlo sin protestar, radiantes y hermosas, perfectamente maquilladas, y apretar los dientes ante la estúpida frase que muchas veces escuchan en su propia casa: ¿no queríais la igualdad?. Durante siglos las mujeres han asumido con maestría labores esenciales (que ahora el estado empieza a asumir como propias, creando residencias de ancianos, guarderías…) mientras los varones de la casa se entretenían en las cruzadas, en cualquier cruzada que les permitiera  pararse a tomar una jarra de vino de vuelta al hogar, limpiándose los espaldares y los yelmos.

 La misoginia es un sentimiento universal. Pero somos (y digo somos) los varones, - hasta los más progresistas-, los más tolerantes con este sistema injusto y perverso, aunque no los únicos. Esta historia no es de igualdad. Porque se ha instalado la mayor de las desigualdades, que consiste en que “ellas” siempre tengan que demostrarlo todo; en lo social, en lo político, en el trabajo…  hasta en la cama. Pareciera que siempre están en tela de juicio, aunque les avalen siglos de encargarse de las cosas que tenían importancia; se ocuparon de crear un tejido que albergara y garantizara la existencia de todos los que les iban a suceder. ¿Y nosotros? ¿Hemos dejado alguna vez de creernos imprescindibles?  ¿Hemos dejado alguna vez de pensar, aunque sea en bajito y en la intimidad, que somos el copón? Alguna vez he oído a una dama explicar, con la mayor de las humildades, que sólo rompe platos el que los friega; o que una mujer, cuando quiere a un hombre, le quiere, le cuida, y punto, mientras él, henchido de petulancia, se empeña en levantarle una estatua o en convertirla en reina, cosas que muchas veces a ella no le gusta ni un pelo, (entre otras cosas porque sabe que ni la corona ni la estatua son para ella, sino para la propia madre del amado). Y además, ¿a quién le va a apetecer ser estatua o ser reina?

¿Nos tendrán que mandar al colegio a todos? ¿No nos queda un montón de asignaturas pendientes que cursar? No me olvido de que en esta concepción también ellas necesitan un paseo por la escuela para aprender a decir: “vete con tu abuelo”, o “que te coja tu padre, que también existe”. O “Hoy, la jarra de vino me la tomo yo. A vuestra salud. O tal vez no”.

Siempre me llaman la atención  las palabras y su etimología. Y de qué manera, algunos de los tesoros que nos enseñaron, con el paso del tiempo y el manoseo acaban perdiendo su primitivo sentido. La palabra “pueblo” viene del latín “populus”, con el que los romanos se referían al conjunto de los ciudadanos. El discurrir de la historia acotó ese término para nombrar no tanto a la totalidad de dicho conjunto como a su parte menos favorecida; el pueblo raso, del que quedaban excluidos los poderosos. Se apelaba con ese vocablo a lo despreciable, lo más bajo. Hasta que posteriores ideologías, más progresistas, dieron en rescatar su significado original, otorgándole además un nuevo estatuto y un cierto prestigio. En este país, y sobre todo desde el día en que se abrieron las urnas -y resultó ser verdad que el voto de los poderosos ya no era suficiente para obtener el mando-, ha habido que aprender ciertas artimañas para conseguir la ansiada complacencia –voto- de la mayoría no privilegiada. El declive de los conceptos propios del clasismo más rancio y radical fue propiciando el hecho actual de que la sola mención de la palabra “pueblo” funcione como un talismán para ganar la simpatía ciudadana. Todo aspirante a su parcela de dominio dice actuar siempre en nombre del pueblo, lo cual no sólo es falso, sino trasnochado y vergonzoso. El término “popular” ya ha perdido definitivamente el sentido vanguardista que una vez tuvo.

Asistimos a una importante crisis de “los Populares”, que, como su propio nombre contraindica, no creo yo que sean muy del pueblo; más bien, a muchos de ellos les horrorizaría que les vieran como tales. Esta crisis de gentes tan poco “gente” (y fíjense que no me refiero a los votantes sino a los integrantes y cabezas o cabecillas) nos desvela el desmoronamiento de los paladines de la moral convencional, de los valores tradicionales; los que no hace mucho tiempo se tenían como gente de orden y bienpensante.

Y en el orden internacional está ocurriendo lo mismo con la maldita moral capitalista; los grandes financieros, el presidente de la bolsa americana, los recatados banqueros, las gentes de bien… torres y más torres que se van desmoronando, revelando en medio del estruendo su miseria más descarnada y su más cierta y obstinada intención: la depredación. Y estos indecentes traficantes de vidas, de crisis, de armas, de fronteras y de riquezas, se ven amparados por toda una ideología, por toda una moral anclada en la creencia de que sin Dios, no es posible la existencia. No, no vayan a creer que me refiero a todos los creyentes, no, que a ésos les tengo un respeto absoluto. Pero a estos “capos” que se esconden tras la fe y la curia religiosa, sólo les profeso el desprecio. Por alguna razón, no sé si oscura o de una claridad cegadora, los jerarcas de la iglesia siempre estuvieron con el poder; es más, durante mucho tiempo y en muchos tiempos, ellos mismos lo ostentaron, repartiéndoselo en lo social, lo político y lo económico. Todo bajo el control del miedo a lo terrenal y a lo divino.

Luego, al cobijo de los depredadores más recalcitrantes y rancios se apilan los pactistas; los que les hacen el caldo gordo a los más gordos, y se les someten por un pequeño reconocimiento, por unas pocas monedas; los comemierdas sin paliativos, aunque esté feo decirlo, que culean por un: “Buenos días D. Fulano, ¿qué le pongo?” Carlitos Marx los llamaba “el lumpenproletariado”.

Pero se les va viendo a todos ellos el plumero; caen, caen las torres de la moral, en medio de tráfico de influencias, de espionajes, de depredación financiera. Van cayendo las chisteras de unos, las mitras de otros y los gorros de lacayos de los “lumpen”; va cayendo la máscara de “lo popular”.

 Pero claro que habrá una revolución, y será la de la honradez, la de los que sostuvieron unos principios sin necesidad de dioses, patrias y amos, sin necesidad de refugiarse en una lívida y cobarde moral. Se sostuvieron por su propia dignidad, sin pensar en que les correspondería un pedazo de cielo, ni terreno, ni divino, ni nada

Una amiga, mujer de un amigo, (ambas cosas son ciertas; lo aclaro porque en tiempos de confusión  hay una errónea tendencia a creer que las amistades se traspasan por el simple hecho de compartir catre o licencia matrimonial) me señalaba el otro día que me notaba un poco airado en las cosas que escribía; me sugirió hacerlo, por qué no, de algo tan grato como el sexo. Esta mujer, este pedazo de mujer se ha enfrentado en los últimos tiempos a un difícil trance,  manera más o menos discreta o pulcra de expresar que ha tenido que lidiar con la muerte para  derrotarla, en una edad en la que no le correspondía. Después de este capítulo, en el que ha empleado todas las armas a su alcance (físicas, químicas y psíquicas) le queda, por fin, la vida. Y básicamente el sexo es eso: la vida.

 Aunque es cierto que presenta no pocas complicaciones. Sexo. La propia palabra nos previene ya de la dificultad de encararlo. Cuando lo nombramos un leve sonrojo nos azota: como si no se le pudiera mirar de frente, lo mismo que al sol, la muerte y la libertad; conceptos que nos traspasan, que nos taladran en lo más ignoto, en lo más primigenio y profundo.

Claro está; el sexo es la vida. Pero también es parte de la muerte. “Sexo” viene de “secare”; o sea, cortar, diferenciar, separar. Y la separación es el inicio del camino de la muerte: dos gametos, dos cosas diferentes abocadas a morir en la desigualdad, en la asimetría. Poco tiene, pues, que ver el sexo con aquella cursilada de “la media naranja”. No hay medias naranjas, sólo naranjas completamente dispares, sin posibilidad alguna de fusión, de pacificación; ésta es, por definición, imposible. Y en eso reside la grande del sexo; en que nos permite siempre volver en su busca; seguir y seguir hasta la muerte; bien desde la práctica, bien desde la renuncia; pero con él siempre presente, siempre determinante. Cuando el genial psicoanalista francés J. Lacan nos dice que no hay “relación sexual”, justamente se refiere a eso; no existe la posibilidad de conciliación entre dos seres sexuados, pero sí la de seguir insistiendo, precisamente desde esa pequeña cuota de insatisfacción. Es grande el sexo; es imposible. Como nos recuerda el mismo autor, refiriéndose al amor (cosa que aún no tengo yo claro que sea distinta del sexo): “amor es dar lo que uno no tiene a alguien que no es”.

Y mi amiga, con todo su saber, (porque la sabiduría es el arte de distinguir lo urgente de lo importante) va y me dice, recién llegada de su viaje por la muerte, que -por favor-  escriba de sexo. Y eso estoy haciendo; no sólo para complacerla y animarle a seguir pensando en un imposible tan divertido y tan poco cansino, sino para recordarme a mí mismo, aprovechando el tirón, que siempre puedo encarar la vida y la muerte y que, tanto el amor como el sexo (si es que son cosas diferentes, insisto) me ayudan a preguntarme sobre las dos.

Quizá alguno de ustedes se pregunte cómo es que no he mencionado en ningún momento conceptos o palabras como “orgasmo”, “clítoris”, “punto g”, “pene”, “eyaculación”… Pues yo respondo raudo: porque  no haría más que distraernos de lo que verdaderamente es importante. Y, seguramente, con tanto clítoris y tanto pene, nos sonrojaríamos sin prestar la necesaria atención a lo grande del sexo. Y es que el sexo es una pregunta, un interrogante que nos precipita en el hallazgo de la vida y en la incógnita de la muerte… Hagamos sexo mientras vivamos: como sepamos cada uno de nosotros: legal, indecente, impúdica, casta, ausentemente; como sepamos, ya digo. Y, eso sí, siempre con nuestro pleno consentimiento y desde nuestro propio deseo.

Cuando hablamos de sexo, en cierto modo lo practicamos; porque, aunque cueste creerlo, (en eso la moral convencional ha contribuido mucho) el sexo poco o nada tiene que ver con lo animal (como las voces religiosas proclaman) El sexo para el ser humano es, sobre todo, un hallazgo de la cultura que ha rebasado los límites del instinto. Lo de los animales es otra cosa; de hecho, no tiene ni nombre.

Resulta un poco insólito que yo me ponga a escribir sobre algo que en principio me cae tan lejano e incomprensible como es el hecho de ser madre; así que trataré de hacerlo acerca del único aspecto con el que me puedo permitir una licencia semejante: la función de madre. Y lo hago desde el respeto y la admiración a quienes representan más a menudo tal función; las mujeres, las que son madres.  Porque no siempre ese puesto lo encarna la madre biológica o adoptiva; muchas veces tal papel lo desempeña, puntualmente, el vecino del quinto,  la panadera, o el mismo padre.

Ser madre trasciende al hecho biológico; está por encima de lo que una insistente biología nos presenta como un asunto, muchas veces, de puro azar. Ser madre compromete instancias complejas, lugares que permiten que el ser humano se perpetúe con cierta dignidad y un mínimo de seguridad y coherencia. Roff Carballo dice que el ser humano es un ser “biuterino”, en la medida en que pasa de un útero materno a otro social. Yo sin embargo, creo que ese útero social del que Carballo habla, está encarnado, en primera instancia, también por la madre, por el mismo personaje que lleva, como prolongación de su ser, de su anatomía, y durante nueve meses a ese cachorro humano. Ser madre no es un hecho fácil, es de una extrema complejidad. Ser madre requiere, de entrada, un deseo, que transita por todo el ser mujer. Se es hijo de un deseo inconsciente que, a veces, coincide con una expectativa de la conciencia. Pero es fundamental entender que no existen hijos no deseados. Ser madre requiere un esfuerzo y un nivel de trascendencia únicos, a la vez que unas cuotas de goce, de aprendizaje y de satisfacción inauditos. Ser madre implica dar más importancia a la vida de un hijo que a la propia,.lo cual es, paradójicamente, un acto de afirmación personal, de deseo individual y de protagonismo inigualable…, aunque se nos haya presentado como forma de única generosidad, de amor desinteresado..

Ser madre viene dado en las más diversas maneras de lazos; desde los más simples y anudados a lo natural-biológico, como la nutrición o la protección, a los mucho más complicados, como la transmisión del amor y el erotismo, o la de la separación o certeza de la muerte. A partir de esa primigenia relación dual, ocurre también la incorporación del tercero, la aparición de la función paterna. Se podría decir que es la madre la que presenta al padre y le hace tal, incluyéndole en el difícil trance de los límites y de la grey: la pertenencia a lo igual y la presencia de un Nombre que inaugurará la posibilidad de lo diferente.

Ser madre convoca todas las instancias que nos anudan a la historia, a la biografía y a la cultura: desde la mitología a la naturaleza, desde los personajes de cuento a las flores de los campos, los paseos en bici y las frías aguas, el estruendoso ruido y el dulce son, las comidas rechazadas y los manejares añorados, el plácido sueño y el llanto desgarrado, la risa desmedida y los primeros aleteos de las manos… pero no como algo cursi, ni ñoño, sino como algo vital e imprescindible para convertirnos en sujetos. He escuchado muchas veces la frase esa de:”qué suerte tienes con tus hijos”. No, señores, no es una cuestión de suerte, no es fruto del puro azar; es la insistencia de mujeres (algunas que yo conozco y de las que doy fe) que han invertido su deseo y su dedicación a lo incondicional de esa función. El resultado se evidencia cuando uno contempla hijos tan maravillosos que son capaces de disentir, de equivocarse, de sostener su imperfección y sus dudas, sabiendo desde su fuero interno que lo son porque un deseo de ser madre lo permitió.

Mi gratitud, mi absoluto respeto y mi admiración a esas mujeres.

“Menos tu vientre todo es confuso… menos tu vientre todo es oculto… menos tu vientre todo es oscuro. Menos tu vientre claro y profundo” (Miguel Hernández)

Next Page »